Microrrelatos
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Viviendo en una colmena de avispas, sin ninguna abeja desde hace siglos, así despierta cada día. Muere un poco cada vez que baja de su cama y se asoma a una ventana entre entre cientos, entre miles, mirando a una calle por la que pasan otros cientos, otros miles, que jamás levantarán la cabeza para mirar a quien les mira. En una colmena nació y, acostumbrada ya al humo y al picor, en una colmena se irá desvaneciendo hasta que nadie la recuerde aunque siga viva.
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Que el polvo no nos ahogue. Que la sangre no se pare. Que la mano no sienta las quemaduras tras tocar el hielo. Cuando sigan andando, cuando crucen borrachos de soledad y silencio, firmaremos al borde del sueño como notarios al final de la barra de un bar. Y ahí, en ese momento, cruzaremos también.
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Viviendo en una colmena de avispas, sin ninguna abeja desde hace siglos, así despierta cada día. Muere un poco cada vez que baja de su cama y se asoma a una ventana entre entre cientos, entre miles, mirando a una calle por la que pasan otros cientos, otros miles, que jamás levantarán la cabeza para mirar a quien les mira. En una colmena nació y, acostumbrada ya al humo y al picor, en una colmena se irá desvaneciendo hasta que nadie la recuerde aunque siga viva.
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Se asomó a un charco y el reflejo lo abofeteó con una precisión cínica y quirúrgica a la vez. En el agua vio al tipo que siempre había evitado y cuya sombra le había perseguido como un borrón jugando al escondite. Apretó los dientes y los puños, y con ellos las sienes. Trató de quitárselo de encima, pero no. El que estaba allí con los pies empapados ya no era él, era su propio padre.
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Espero. Rodeado del polvo lúgubre que abrasa, cínico, hambriento, con la sangre inflamada y grietas gritando quietas. Espero y aguanto. Pregunto envuelto en brumas de sarna y almizcle, como un sorbo de ratas ahogadas en crines, y vuelvo, y tiento, y padezco. Atraganto voces y me engullo. Y espero. Muero, y espero.
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El mundo en mínimos. La actividad diminuta, ralentizada y mínima. Los detalles fusilados por una calma aplastante que asfixia los dedos. Todo es gigante de tan pequeño. La ciudad más grande es un punto en el mapa, un grano de arena. Tu, como un centinela, solo observas cómo se derrite el mundo y esperas, también diminuto, un turno que se arrastra y nunca llega.