Microrrelatos
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Que el polvo no nos ahogue. Que la sangre no se pare. Que la mano no sienta las quemaduras tras tocar el hielo. Cuando sigan andando, cuando crucen borrachos de soledad y silencio, firmaremos al borde del sueño como notarios al final de la barra de un bar. Y ahí, en ese momento, cruzaremos también.
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Se asomó a un charco y el reflejo lo abofeteó con una precisión cínica y quirúrgica a la vez. En el agua vio al tipo que siempre había evitado y cuya sombra le había perseguido como un borrón jugando al escondite. Apretó los dientes y los puños, y con ellos las sienes. Trató de quitárselo de encima, pero no. El que estaba allí con los pies empapados ya no era él, era su propio padre.
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Espero. Rodeado del polvo lúgubre que abrasa, cínico, hambriento, con la sangre inflamada y grietas gritando quietas. Espero y aguanto. Pregunto envuelto en brumas de sarna y almizcle, como un sorbo de ratas ahogadas en crines, y vuelvo, y tiento, y padezco. Atraganto voces y me engullo. Y espero. Muero, y espero.
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No sabría si considerarte descarado o sinvergüenza. La línea divisoria se me antoja finísima cuando te miro a los ojos, y sin embargo, no puedo evitar sonreír al hacerlo. Soy sincera si digo que lo intento con todas mis fuerzas, que finjo estar pensando en otra cosa y tomo el control de cada uno de los músculos de mi rostro. Los siento todos, soy consciente de cada uno de ellos y les envío señales eléctricas y electrificadas prohibiendo que se muevan, ordenando que finjan. Es inútil, se rebelan, se olvidan de mí y se relajan, se derriten, y se envuelven en una dulce sonrisa de bandera blanca. Cada vez que te miro, descarado, sinvergüenza… me enamoro otra vez.