Microrrelatos
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Que el polvo no nos ahogue. Que la sangre no se pare. Que la mano no sienta las quemaduras tras tocar el hielo. Cuando sigan andando, cuando crucen borrachos de soledad y silencio, firmaremos al borde del sueño como notarios al final de la barra de un bar. Y ahí, en ese momento, cruzaremos también.
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Se asomó a un charco y el reflejo lo abofeteó con una precisión cínica y quirúrgica a la vez. En el agua vio al tipo que siempre había evitado y cuya sombra le había perseguido como un borrón jugando al escondite. Apretó los dientes y los puños, y con ellos las sienes. Trató de quitárselo de encima, pero no. El que estaba allí con los pies empapados ya no era él, era su propio padre.
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Espero. Rodeado del polvo lúgubre que abrasa, cínico, hambriento, con la sangre inflamada y grietas gritando quietas. Espero y aguanto. Pregunto envuelto en brumas de sarna y almizcle, como un sorbo de ratas ahogadas en crines, y vuelvo, y tiento, y padezco. Atraganto voces y me engullo. Y espero. Muero, y espero.
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Con el oscuro jugo aún resbalando por mi barbilla como lágrimas de pegajoso almíbar, pensé que había valido la pena. Después de todo, aquel día había sido como las moras, dulce, fugaz, y difícil de atrapar. Allí sentado, con la ropa todavía enganchada en las zarzas y apestando a complacencia, me miré las manos. Sucias por fuera y por dentro, me parecieron las de un extraño. Me costó reconocer aquellos dedos. Entre la mugre y el azúcar también había sangre. Sangre de los arañazos, de los pinchazos, de los cortes... Parpadeé y dejé de mirar. Había otra sangre, reconocí otro sudor y, ya entonces, estaba casi seguro de que no eran míos.