Microrrelatos
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Oyendo hablar y hablar, narcotizado, sin escuchar tediosos cacareos girando y girando sobre el mismo cigüeñal, sin parar de moverse y, sin embargo, clavados en el mismo punto en el que la pereza los construyó. Desde aquí, desde donde algunos nos observan con desaire, yo les veo mover los labios allá abajo, diciendo lo mismo que ayer, lo mismo que mañana... hasta que un día se atraganten y, quizás, callen.
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Que el polvo no nos ahogue. Que la sangre no se pare. Que la mano no sienta las quemaduras tras tocar el hielo. Cuando sigan andando, cuando crucen borrachos de soledad y silencio, firmaremos al borde del sueño como notarios al final de la barra de un bar. Y ahí, en ese momento, cruzaremos también.
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Oyendo hablar y hablar, narcotizado, sin escuchar tediosos cacareos girando y girando sobre el mismo cigüeñal, sin parar de moverse y, sin embargo, clavados en el mismo punto en el que la pereza los construyó. Desde aquí, desde donde algunos nos observan con desaire, yo les veo mover los labios allá abajo, diciendo lo mismo que ayer, lo mismo que mañana... hasta que un día se atraganten y, quizás, callen.
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Se asomó a un charco y el reflejo lo abofeteó con una precisión cínica y quirúrgica a la vez. En el agua vio al tipo que siempre había evitado y cuya sombra le había perseguido como un borrón jugando al escondite. Apretó los dientes y los puños, y con ellos las sienes. Trató de quitárselo de encima, pero no. El que estaba allí con los pies empapados ya no era él, era su propio padre.
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Espero. Rodeado del polvo lúgubre que abrasa, cínico, hambriento, con la sangre inflamada y grietas gritando quietas. Espero y aguanto. Pregunto envuelto en brumas de sarna y almizcle, como un sorbo de ratas ahogadas en crines, y vuelvo, y tiento, y padezco. Atraganto voces y me engullo. Y espero. Muero, y espero.
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El mundo en mínimos. La actividad diminuta, ralentizada y mínima. Los detalles fusilados por una calma aplastante que asfixia los dedos. Todo es gigante de tan pequeño. La ciudad más grande es un punto en el mapa, un grano de arena. Tu, como un centinela, solo observas cómo se derrite el mundo y esperas, también diminuto, un turno que se arrastra y nunca llega.