Microrrelatos
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La primera vez que te vi intentabas cruzar entre los coches. La segunda, ya no estabas. De noche no soñé contigo, pero olía a Madrid. Hoy, cuando pienso en ti, me zumban los oídos. Tu pelo es Alcalá en dirección contraria y tus labios saben a barquillos en mi mente. Mañana, cuando te vuelva a encontrar, te enamorarás. Mañana podrás decir, por fin, que la vida sabe a violetas y que el mar no es para ti.
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Se asomó a un charco y el reflejo lo abofeteó con una precisión cínica y quirúrgica a la vez. En el agua vio al tipo que siempre había evitado y cuya sombra le había perseguido como un borrón jugando al escondite. Apretó los dientes y los puños, y con ellos las sienes. Trató de quitárselo de encima, pero no. El que estaba allí con los pies empapados ya no era él, era su propio padre.
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Espero. Rodeado del polvo lúgubre que abrasa, cínico, hambriento, con la sangre inflamada y grietas gritando quietas. Espero y aguanto. Pregunto envuelto en brumas de sarna y almizcle, como un sorbo de ratas ahogadas en crines, y vuelvo, y tiento, y padezco. Atraganto voces y me engullo. Y espero. Muero, y espero.
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El mundo en mínimos. La actividad diminuta, ralentizada y mínima. Los detalles fusilados por una calma aplastante que asfixia los dedos. Todo es gigante de tan pequeño. La ciudad más grande es un punto en el mapa, un grano de arena. Tu, como un centinela, solo observas cómo se derrite el mundo y esperas, también diminuto, un turno que se arrastra y nunca llega.