Microrrelatos
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Que el polvo no nos ahogue. Que la sangre no se pare. Que la mano no sienta las quemaduras tras tocar el hielo. Cuando sigan andando, cuando crucen borrachos de soledad y silencio, firmaremos al borde del sueño como notarios al final de la barra de un bar. Y ahí, en ese momento, cruzaremos también.
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Nos amenazan las nubes de estos dioses de cultura posmoderna, ausentes de sus templos, de compras, tal vez. Te pregunto si me quieres. Me contestas que te quiero. Mi duda persiste confusa como mis pasos. Estos escalones. Esta ciudad que amanece una y otra vez con los puños en alto. Te pregunto de nuevo. ¿Me quieres? Ahora soy yo el que no escucha. ¿Qué me importa la respuesta? Me he distraído, he cambiado de foco. Cultura de amor posmoderno al fin y al cabo.
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Espero. Rodeado del polvo lúgubre que abrasa, cínico, hambriento, con la sangre inflamada y grietas gritando quietas. Espero y aguanto. Pregunto envuelto en brumas de sarna y almizcle, como un sorbo de ratas ahogadas en crines, y vuelvo, y tiento, y padezco. Atraganto voces y me engullo. Y espero. Muero, y espero.
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El mundo en mínimos. La actividad diminuta, ralentizada y mínima. Los detalles fusilados por una calma aplastante que asfixia los dedos. Todo es gigante de tan pequeño. La ciudad más grande es un punto en el mapa, un grano de arena. Tu, como un centinela, solo observas cómo se derrite el mundo y esperas, también diminuto, un turno que se arrastra y nunca llega.