Microrrelatos
.
.
Cada mañana, sus pasos lastimeros resonaban pesados, heñidos, densos como las piedras de un arco de medio punto que lleva siglos luchando por no desmoronarse. Una y otra vez, día tras día, sus hombros caídos y su despoblada testa entraban en la sombra de la rutina como el que es arrastrado por sogas de amianto. Aquella tarde, sin embargo, un escarbar lo acercó al suelo y le ató los pies a la ley gravitatoria de todo ser. Rayando el pavimento, en un rumor apenas audible, encontró su otro yo. Allí estaba la reencarnación de su mitad doliente, sintetizada en algo tan diminuto y extraviado como un gorrión.
.
Que el polvo no nos ahogue. Que la sangre no se pare. Que la mano no sienta las quemaduras tras tocar el hielo. Cuando sigan andando, cuando crucen borrachos de soledad y silencio, firmaremos al borde del sueño como notarios al final de la barra de un bar. Y ahí, en ese momento, cruzaremos también.
.
.
Se asomó a un charco y el reflejo lo abofeteó con una precisión cínica y quirúrgica a la vez. En el agua vio al tipo que siempre había evitado y cuya sombra le había perseguido como un borrón jugando al escondite. Apretó los dientes y los puños, y con ellos las sienes. Trató de quitárselo de encima, pero no. El que estaba allí con los pies empapados ya no era él, era su propio padre.
.
Espero. Rodeado del polvo lúgubre que abrasa, cínico, hambriento, con la sangre inflamada y grietas gritando quietas. Espero y aguanto. Pregunto envuelto en brumas de sarna y almizcle, como un sorbo de ratas ahogadas en crines, y vuelvo, y tiento, y padezco. Atraganto voces y me engullo. Y espero. Muero, y espero.
.
El mundo en mínimos. La actividad diminuta, ralentizada y mínima. Los detalles fusilados por una calma aplastante que asfixia los dedos. Todo es gigante de tan pequeño. La ciudad más grande es un punto en el mapa, un grano de arena. Tu, como un centinela, solo observas cómo se derrite el mundo y esperas, también diminuto, un turno que se arrastra y nunca llega.