Microrrelatos
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Entre migajas de asfalto, arañando un desierto de desiertos, una punzada de dolor le hizo detenerse. La respiración alterada ya no daba para más. Agarrada a la puerta de un taxi, vio pasar unos ojos, sintió unas manos, oyó una voz. Tumbada en un asiento de atrás, voló bajo un firmamento de luces rebotando de cristal en cristal como luciérnagas de colores. No quería gritar. Una canción con base de campanillas y una voz de centralita le emborrachaban el cerebro entumecido. Fuera, una sirena. Dos sirenas. Todo se detuvo en un hormiguero con miles de manos, de pies, de ojos. Fijo, entre la vorágine de hormigas blancas, el taxista, sonriendo, iluminado como por una estrella furtiva. Sudorosa, dolida y ensangrentada, calmó su respiración al verlo acercarse. Perdón, le dijo ella. El primer lloro del bebé paró la vorágine. Ella ya no escuchaba, pero él, como flotando, le respondió: FELIZ NAVIDAD.
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Que el polvo no nos ahogue. Que la sangre no se pare. Que la mano no sienta las quemaduras tras tocar el hielo. Cuando sigan andando, cuando crucen borrachos de soledad y silencio, firmaremos al borde del sueño como notarios al final de la barra de un bar. Y ahí, en ese momento, cruzaremos también.
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Se asomó a un charco y el reflejo lo abofeteó con una precisión cínica y quirúrgica a la vez. En el agua vio al tipo que siempre había evitado y cuya sombra le había perseguido como un borrón jugando al escondite. Apretó los dientes y los puños, y con ellos las sienes. Trató de quitárselo de encima, pero no. El que estaba allí con los pies empapados ya no era él, era su propio padre.
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Espero. Rodeado del polvo lúgubre que abrasa, cínico, hambriento, con la sangre inflamada y grietas gritando quietas. Espero y aguanto. Pregunto envuelto en brumas de sarna y almizcle, como un sorbo de ratas ahogadas en crines, y vuelvo, y tiento, y padezco. Atraganto voces y me engullo. Y espero. Muero, y espero.
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El mundo en mínimos. La actividad diminuta, ralentizada y mínima. Los detalles fusilados por una calma aplastante que asfixia los dedos. Todo es gigante de tan pequeño. La ciudad más grande es un punto en el mapa, un grano de arena. Tu, como un centinela, solo observas cómo se derrite el mundo y esperas, también diminuto, un turno que se arrastra y nunca llega.