Microrrelatos
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Que el polvo no nos ahogue. Que la sangre no se pare. Que la mano no sienta las quemaduras tras tocar el hielo. Cuando sigan andando, cuando crucen borrachos de soledad y silencio, firmaremos al borde del sueño como notarios al final de la barra de un bar. Y ahí, en ese momento, cruzaremos también.
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Se asomó a un charco y el reflejo lo abofeteó con una precisión cínica y quirúrgica a la vez. En el agua vio al tipo que siempre había evitado y cuya sombra le había perseguido como un borrón jugando al escondite. Apretó los dientes y los puños, y con ellos las sienes. Trató de quitárselo de encima, pero no. El que estaba allí con los pies empapados ya no era él, era su propio padre.
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La calma. En la calma duermes y despiertas. En esa calma reconstruyes y sacrificas, te empapas. Ayer soñaste con la calma. No había nadie más. Eras feliz. Sonreías todavía cuando ella te despertó posando su mano sobre tu costado, sus labios sobre los tuyos... Hoy la llevas dentro y se extiende como el dulce poso de un veneno. Hoy te lleva de la mano. Hoy, que crees estar enamorado.
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El mundo en mínimos. La actividad diminuta, ralentizada y mínima. Los detalles fusilados por una calma aplastante que asfixia los dedos. Todo es gigante de tan pequeño. La ciudad más grande es un punto en el mapa, un grano de arena. Tu, como un centinela, solo observas cómo se derrite el mundo y esperas, también diminuto, un turno que se arrastra y nunca llega.